Saramago PDF Imprimir Correo electrónico
Escrito por Redacción   
Martes 29 de Junio de 2010 12:50
Sonia Marta Mora

Conocí a José Saramago hace justamente diez años. Me impresionó su figura esbelta, sus expresivos ojos, su contundencia y autenticidad sin límites, aderezadas por la inconfundible amabilidad portuguesa. Fue acá, en Costa Rica, durante su única visita al país de junio 2005, gracias a la invitación de los tenaces organizadores de la Feria Internacional del libro y de la Universidad Nacional. Y junto a Saramago, inseparable, conocimos a Pilar del Río, su compañera y traductora. Una mujer vibrante, "el motor del engranaje", ha dicho un crítico. "No solo el motor, también las ruedas", puntualiza el famoso novelista, Premio Nobel de Literatura.


Durante los meses que antecedieron a su respuesta, esa presencia en el país nos parecía un proyecto casi temerario. Pero no perdíamos la esperanza. La complicidad de Pilar fue decisiva, y el sueño se nos hizo realidad. Inolvidables los diálogos con este escritor reflexivo, delicadamente irónico, capaz de iluminar el lenguaje con la fuerza maravillosa del humor. Inolvidables sus conferencias y su generosidad con los lectores. La fila interminable, en la Universidad Nacional, de personas buscando un autógrafo, gente cargada de tomos de sus novelas y ensayos que querían este recuerdo: y ante ellos la gratitud del renombrado escritor, la humildad, un cierto sentido de cumplimiento del deber. Precisamente en una entrevista del año 2000 defiende este contacto con los lectores, la importancia de compartir su pensamiento: "Pensamos que tiene una utilidad cívica, y yo acepto esa responsabilidad".


Pero quizás lo que más recuerdo, además de su singular relación con Pilar -quien estaba totalmente consciente de que su presencia era indispensable para que el escritor aceptara empezar una disertación o pronunciarse sobre lo esencial y también sobre lo circunstancial y pequeño-, lo que más recuerdo, digo, fue una entrevista que le hizo doña Pilar Cisneros en la que tuve el privilegio de participar como representante de una institución anfitriona. En ella Saramago habló de su modesto origen campesino, de las penurias económicas que marcaron su niñez. "Mi Rectora", me decía con ternura y amabilidad, para enfatizar su agradecimiento por el título de Doctor Honoris Causa con que la Universidad Nacional lo había distinguido: justamente quien ya tenía esa distinción de renombradas universidades europeas. El Doctorado para quien no tuvo la oportunidad de hacer una carrera universitaria, para quien se educó en los libros, en el medio periodístico, en la dura tarea de la vida y la escritura.


Saramago recordó que tuvo acceso a la lectura gracias a las bibliotecas municipales, a las que llegaba a pie desde una casa familiar sin electricidad y sin libros. Recordó que al estudiar cerrajería mecánica, movido por la necesidad, se acercó a las letras gracias a una asignatura perdida en el programa… Evocó el primer libro que tuvo y que le obsequió su madre analfabeta.


La muerte de José Saramago nos entristece a todos. Pero el escritor nos deja un legado invaluable: una obra luminosa tejida con la conciencia crítica que denuncia los grandes retos del presente y del siglo que empieza. "Hemos llegado al fin de una civilización", insistía. "Todos los días desaparecen especies animales, vegetales, idiomas, oficios"… Sostiene que el poder económico ha suplantado al poder político y a la cultura. Lo exaspera la indiferencia, la inmovilidad de algunos, el cinismo. Como tributo a su memoria, recordemos su llamado a retomar nuestra responsabilidad de pensar y, coherentemente con ello, de actuar en este desafiante siglo XXI que está en sus albores.



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