Por Sonia Marta Mora
Importantes argumentos han circulado en estos días en relación con el elevado principio de la autonomía universitaria, fundamento de la vida democrática de sociedades avanzadas.
La discusión ha puesto de manifiesto que éste forma parte de una sabia tradición cultural que nuestro ordenamiento jurídico supo recoger y que, por su relevancia, se ubica en el corazón mismo del espíritu civilista que nos distingue.
• • También puso de manifiesto esta discusión, aunque muy inicial aún, que no existe, como algunos quisieron insinuar, una contradicción entre el respeto a la autonomía y la lucha contra la delincuencia. La historia muestra profusamente lo contrario: décadas de coordinación respetuosa entre las autoridades universitarias y los entes encargados de la persecución criminal que han garantizado, a lo largo de setenta años, operativos exitosos que evitaron la violencia.
• • En medio de esta polémica, los rectores del CONARE y las autoridades del Poder Judicial lanzaron un importante mensaje de diálogo y respetuoso entendimiento que proyectó la autonomía universitaria como pilar de la institucionalidad nacional. Esta sensata señal debió haber contribuido a reenfocar el tema y a darle la majestad que merece. Sin embargo, para nuestro asombro, no parece haber sido suficiente. El desconocimiento acerca del significado de la autonomía universitaria parece tener, en algunos sectores, raíces más profundas. Algunos han olvidado que la irrupción a los espacios académicos ha sido mensajera, en innumerables casos, de nefastos ascensos de regímenes antidemocráticos. Y cuando la memoria falla y algunos hijos de la Patria que bebieron los beneficios de un derecho desconocen su valor porque nunca han debido prescindir de él, una luz de alarma debe prenderse en nuestros corazones.
• • Una entrevista televisiva reciente nos puso sobre aviso. En ella un representante de investigadores en criminalística aborda los hechos que llevaron a la irrupción desproporcionada del OIJ al campus de la UCR como si ninguna explicación se hubiera dado, como si los mensajes de mesura no hubieran existido. Ante la pregunta sobre lo que procederá en el futuro dice, en forma desafiante: “ingresar, ingresar” (se refiere al campus universitario…) Y en su participación asocia a los jóvenes con “mentes apasionadas que llevan a cosas que no están claras”.
• • Lo que sí queda claro para mí es que declaraciones poco reflexivas, que ignoran la tradición a que nos hemos referido, deben encender la alerta. ¿Será que en esta época de tanto cambio de valores algunas actitudes autoritarias podrían estarse incubando en sectores minoritarios? Con toda su fuerza emerge así un gran reto: la lucha sin cuartel contra el crimen organizado que sepa respetar nuestra tradición civilista.
• • Tres acciones urgentes recomienda la prudencia: la definición de nuevos protocolos de coordinación entre las universidades y los entes encargados de perseguir el delito, protocolos que respondan a las nuevas estrategias delictivas. En segundo lugar, una vigorosa campaña para reforzar nuestros valores civilistas, dentro de los cuales la autonomía ocupa un lugar capital. Finalmente, más ambiciosos esfuerzos de capacitación del personal policial que asegure que la comprensión de la historia resiste al desconocimiento y la peligrosa arbitrariedad, presagiadores nefastos contra los derechos conquistados
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