Recuerdo que en un país de América Latina, al que amo mucho por cierto, un amigo que acostumbraba hablarnos de las tradiciones y la rica historia de su patria, nos decía con dolor: “Desgraciadamente, en los últimos años, adonde quiera que se profundice el análisis de la cosa pública, salta la liebre”.
Se refería a la cadena de irregularidades, irrespeto a la ley, y hasta actos de corrupción que regularmente, y a veces por casualidad, salían a la luz pública. Muchos de ellos involucraban a funcionarios públicos, y en no pocos casos a nexos con empresas privadas. Corría la década de los años ochenta.
• • A nosotros, la “familia tica”, como nos decían, estas narraciones nos llenaban de indignación. Eran hecho lejanos, casi insólitos. La realidad de nuestra Patria en este campo, y en muchos otros, nos parecía realmente diferente y, por qué no decirlo, ejemplar. Y es cierto que aún hoy nuestra historia y algunos de los logros costarricenses -méritos singulares, fundamentalmente, de la sabiduría de generaciones anteriores- nos diferencian de muchos países. Pero, ¡qué dolor siento cuando, y cada vez con más frecuencia, los titulares de los diarios y telenoticieros me recuerdan aquellos hechos! ¿Cómo fue que perdimos el rumbo? • • El caso de los “avionetazos”, como le han denominado algunos periodistas, me ha llevado una vez más a esta triste evocación. Porque más allá del expediente de la diputada liberacionista Maureen Ballestero, vicepresidenta de la Asamblea Legislativa hoy investigada por el Tribunal Supremo de Elecciones, el Ministerio Público, la Contraloría General de la República, los hechos denunciados y las indagaciones de la prensa nos vuelven a poner ante los ojos un “modus operandi” de la política tradicional. Los signos son inequívocos y se repiten.
• • En primer lugar un malestar de algunos jerarcas ante las preguntas de la prensa, el cual remite a un cierto desprecio por quienes exigen cuentas… En segundo lugar, declaraciones construidas sobre frases hechas que se invocan para llenar vacíos difíciles de llenar : “funciones propias del cargo”, “buen uso de los recursos públicos”, “principios de sana administración”… Y, como rasgo central, un discurso que insiste en “el respeto absoluto a la institucionalidad” que, según dicen, los y las inspiran, y un sospechoso afán por valorar positivamente –de palabra- a entidades e instituciones. De esta forma, parece haberse generalizado la idea de que el respeto a la institucionalidad se reduce a un discurso, aunque éste se niegue sistemáticamente con los hechos. Como contraparte, son irrespetuosos de la institucionalidad quienes analizan ese abismo entre palabras y hechos y demandan coherencia. Finalmente, un irrespeto a la inteligencia y dignidad de los y las ciudadanas, ante quienes se improvisan excusas y explicaciones de difícil verosimilitud… ¿Cuándo entenderá la política tradicional que la ciudadanía se ha emancipado? • • El caso de la diputada Maureen Ballestero –los avionetazos a los que alude la prensa en estos días–.