Por Sonia Marta Mora
De forma cada vez más tempranera muchos establecimientos comerciales buscan adelantar la Navidad. Ya no parece esta época del año ser precisamente eso –un momento especial del devenir anual– es decir, ligarse al calendario, a celebraciones religiosas, familiares y culturales establecidas, sino un período definido por el ritmo con que se desea estimular el consumo.
El calendario aparece, justamente, como una de las víctimas de la crisis. ¡Que la gente consuma cuanto antes! Así, la Navidad decembrina de pronto empezó a madrugar y a desplazarse a noviembre. Pero en estos días busca reinar en un desprevenido mes de octubre en el que todavía el trabajo y el estudio convocan el esfuerzo y la dedicación. Nos sorprenden árboles navideños, adornos y regalos, e incluso –me impactó el día de ayer–, estantes que invitan desde ahora a la inminente preparación de nuestros inigualables tamales Es cierto que la Navidad es un período diferente que llama a reflexionar y a disfrutar, a cambiar nuestros espacios conocidos, a descansar. Debería ser sobre todo un espacio para dar y compartir con fraternidad. Eso reflexionaba al caminar por los pasillos de un supermercado en una zona en la que la falta de empleo ha golpeado duramente a la población en tiempos de crisis. Por eso es inevitable plantearse la pregunta: ¿cómo enfrentarán, muchos hogares costarricenses, esta Navidad? Y es que una reciente exposición del reconocido economista Helio Fallas me había obligado a pensar en esa población que difícilmente podrá responder a esta invitación al consumo. En ella se documentaba la creciente desigualdad que ha venido cambiando el rostro de Costa Rica y que explica en buena parte –pensaba yo en la intimidad- esas historias de desesperanza y de exclusión que viven muchas personas en algunas regiones y comunidades de nuestro país. Los datos también mostraban que la crisis, efectivamente, no ha golpeado a todos por igual, así como su impacto decisivo en las personas de menor escolaridad. El análisis resaltaba también la grave situación del desempleo abierto en las poblaciones más vulnerables, en particular en hogares en extrema pobreza en cada región del país.
Hechos como éstos explican ese llamado a la "hora de la igualdad" en América Latina que recientemente ha hecho la CEPAL, en un estudio que lleva ese título y que convoca a cerrar brechas y a abrir caminos. El documento hace una propuesta según la cual uno de los principales desafíos del Continente es armonizar el dinamismo económico con la igualdad social. Tres pilares, que se refuerzan entre sí, son los fundamentos de una visión de largo plazo: crecimiento económico, sostenibilidad ambiental e igualdad.
Dentro de este planteamiento la participación de la ciudadanía y el perfeccionamiento democrático son capitales. Elevar la calidad de la democracia mediante la participación real de todos los actores, de forma que la orientación de un país no excluya a nadie. La igualdad de derechos, los acuerdos fiscales que aseguren la redistribución y la inversión para el bienestar, la superación de las grandes diferencias que en cuanto a oportunidades muestran distintos territorios de un mismo país, son parte de esta ambiciosa agenda de la igualdad. En fin, políticas públicas que reduzcan brechas y que humanicen la sociedad. Solo un rumbo así de claro puede rescatar la dignidad de mucha gente y propiciar el convivio fraternal que representa la Navidad.
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