A propósito de un hallazgo arqueológico PDF Imprimir Correo electrónico
Escrito por Redacción   
Martes 27 de Julio de 2010 12:51
Nora Garita

El 2 de noviembre se celebra en México la fiesta de los muertos. En las colonias o barrios se realizan concursos de altares, hechos en memoria de algún ser querido. En el altar se pone la foto y todo aquello que a la persona le gustaba en vida: chiles, dulces, tortillas o libros. Con flores de un amarillo naranja se los acompaña en ese tránsito. Más tarde, en la noche, aparece la Calaca (la muerte), disfraz de esqueleto que se pasea entre todos. Los niños comen dulces de calavera y pan de muerto. De esa manera, los interrogantes sobre la muerte los responden los mexicanos con sus muertos concretos, con la compañía que se les brinda, con su presencia/ausencia en los altares. Esa maravilla cultural ocurre por el sincretismo logrado por los y las mexicanas, es decir, por abrirse a otras culturas sin negar la herencia de las concepciones indígenas.



El sociólogo Philippe Ariès ha estudiado en occidente las imágenes o figuras de la muerte. En la edad media, el duelo expresaba el temor de una comunidad visitada por la muerte, pero ya en el siglo XIX se vivía el duelo como la expresión de una pena individual del viviente, quien debía contar con el apoyo del entorno.

El negocio de la muerte hoy contrasta con esos imaginarios. Las empresas funerarias ofrecen paquetes millonarios, “combos” según el rango social supuesto, que se le pueda pagar al muerto. Las flores, la música, el ataúd, en jerarquía de precios. La muerte como negocio de compra-venta de status. Y la pregunta de los que quedan: ¿qué me heredó? Si, como afirma el psicoanalista Allouch, “el duelo no es solo perder a alguien, es perder a alguien perdiendo un pedazo de sí”, no puede efectuarse el duelo cuando solo se piensa en la herencia que deja el muerto.



El pasado 20 de julio, el Museo Nacional dio a conocer el hallazgo de un complejo funerario indígena de casi un kilómetro cuadrado en Tres Ríos. Las tumbas fueron elaboradas entre 1000 y 1200 años después de Cristo, hechas de lajas pulidas y minuciosamente trabajadas. Son enterramientos secundarios, es decir, varios meses después de muertos, se depositaban los huesos junto a ofrendas diversas: figuras de lagartos, monos, zorros, ollas, platos. Lo trascendente es que este hallazgo nos permitirá ahondar en la comprensión de los rituales funerarios, en los conceptos de la muerte y en la relación con los muertos que tenían los indígenas de esta zona.

De los datos suministrados por los y las profesionales en arqueología del Museo Nacional, llama la atención un detalle: las ofrendas ocupan el 90% de las sepulturas. Es decir, para nuestros antepasados, se trataba de ofrendar, de perder algo con la muerte de un ser querido. No se trataba de obtener ganancias gracias a la muerte de alguien.



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