Cuando el juez Baltasar Garzón le dijo al mundo que los dictadores no eran impunes, que Pinochet no estaba por encima de las leyes, miles de latinoamericanos sentimos esperanza en la justicia.
Entonces se me vino la imagen de la escritora Virginia Grutter, deambulando por las calles de San Pedro. Su marido había sido tomado preso por la dictadura de Pinochet y nunca más apareció. Terminada la dictadura, y gracias a la Comisión de Verdad, apareció en una fosa común junto a sus diez hermanos, todos torturados por el ejército chileno. Las narraciones de esos dolores, en aquellos años de dictaduras, marcaron mi generación. Teníamos un compañero salvadoreño en la Universidad: alto, inteligente, de carcajadas cristalinas. Se llamaba Roberto Castellanos. Se fue a San Salvador, donde fue capturado y apareció muerto por tortura en un camino abandonado.
La articulación de esos dramas individuales con los dramas sociales abre una zona en la que se construye la memoria social. De eso habla el libro “Memorias del dolor. Consideraciones acerca de las comisiones de la verdad en América Latina” del psicólogo Ignacio Dobles Oropeza. Para no seguir “como si nada hubiera pasado” en países donde hubo guerra y dictaduras, Dobles propone que construir la memoria debe articularse con la construcción de un presente: “Las tareas sobre el pasado, más que de cronistas, tienen que ver…con redimir un sufrimiento y un dolor que no puede cicatrizar, porque permanece abierto”. Este libro tuvo mención del jurado de ensayo de los premios nacionales del 2009. Pero, ironías (¿del inconsciente?) un funcionario olvidó copiar en el acta la mención, y por eso el autor no pudo recibir la mención en el acto oficial de premiación. Se olvidó la memoria. Para la España de hoy construir la memoria social pasa por conocer la verdad de las muertes cometidas por la dictadura franquista, entre 1939 y 1975. El juez Garzón, el mismo que logró descubrir la “operación cóndor”, y dio fuerte luchas contra el terrorismo de ETA, ha intentado develar la verdad de la historia del franquismo. Pero el Consejo General del Poder Supremo lo suspendió de sus funciones.
El mecanismo del silencio, más cómodo y seguro para algunos, es el que se le aplica hoy al juez Garzón. Como si fuera posible seguir sin elaborar el sufrimiento y construir la memoria. Como si ese dolor no estuviera vivo en muchos españoles. El mismo libro de Ignacio Dobles dice: “quien no quiere dejarlo, e ignorar las heridas que permanecen abiertas…es visto como recordatorio indeseado de grietas que hay que ocultar bajo la alfombra”. ¿Qué podredumbre quieren ocultar bajo la alfombra quienes silencian al juez Garzón? Pero tenemos la certeza que, desde su nuevo nombramiento como asesor de la Fiscalía en la Corte Penal Internacional de La Haya, Baltasar Garzón seguirá en busca de la verdad, aunque incomode.