La casa de adobe y el nuevo Ministro de Cultura PDF Imprimir Correo electrónico
Escrito por Redacción   
Jueves 13 de Mayo de 2010 04:45
Nora Garita

La casa de mi abuela era esquinera, paredes anchas y cuartos enormes, de muros altos. De los horcones que rodeaban el patio central colgaban plantas de “gorriones” y el corredor estaba lleno de macetas con begonias. Cuando caía la lluvia, nos sentábamos a disfrutarla. Si hacía calor, era fresca, si hacía frío era tibia. En eso residía el secreto del adobe: esos muros gruesos armados con barro y paja, sostenidos con vigas y puertas de madera, mantenían la temperatura ideal para estos climas. Las paredes eran blancas, con un borde azul al exterior que mantenía el tono pese a la lluvia. Fue la casa más hermosa que he conocido, con la abuela más maravillosa que nadie ha tenido.


Evoque usted los adobes de su infancia, y le vienen olores a café con bizcocho, historias de aparecidos y los Cuentos de mi tía Panchita. Es que la arquitectura es un texto que se construye con todos los símbolos, gustos culinarios, creencias y costumbres. El adobe no solo se hizo con la tierra, se hizo con visiones de mundo de momentos históricos y por eso la casa de adobe es un depósito de nuestra historia. Como señala Guillermo Barzuna en su libro Caserón de teja: “la valoración, además de su importancia estética y funcional, conlleva la presencia de un modus vivendi costarricense y de toda una visión de mundo”.

En toda América existió y aún se conserva. En Granada, Nicaragua; en Guanajuato; en el barrio La candelaria de Bogotá; en Honduras…la lista es infinita. Si algo nos une con los países latinoamericanos es ese vestigio de que fuimos colonias, de que quisimos ser Repúblicas soberanas.

Existió hasta hace pocos días una imponente casona de adobes en el Cantón de Flores. Por su forma y técnica de construcción se supone de inicios del SXIX, tal vez más antigua. Casi del tamaño de una cuadra, techo de tejas, rodeada de flores. Pero a pesar de haber sido declarada patrimonio cultural costarricense, la más antigua casa de adobe que tenía este país, acaba de ser demolida. Había propuestas de restaurarla y hacer con ella un museo de la provincia de Heredia. Pero más pesó el interés lucrativo de sus propietarios que el amor por contribuir a conservar la memoria de lo que nos ha construido como país. ¿Qué harán ahí: un parqueo, una urbanización?

El nuevo Ministro de Cultura cuenta con una respetable trayectoria en el campo del patrimonio cultural musical del país. La “Papaya Music” y Malpaís han demostrado que se puede hacer música de calidad sin olvidar las raíces culturales. Los grandes compositores siempre se han inspirado del folklore y de gustos musicales de sus lugares. Por esos atestados con los que se nos presenta el nuevo Ministro de Cultura le pedimos, desde esta columna, velar por los soportes de la memoria. Señor Ministro, ¿contribuirá usted a preservar nuestro patrimonio cultural? ¿Comparte usted la posición del ICOMOS, de que no se construye el mañana demoliendo el ayer?



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