Jaime Ordóñez
Como bien se sabe, el fútbol moderno viene del fin del Medioevo y del enfrentamiento de las ciudades feudales europeas del siglo VIII y siglo XIX, las cuales –en lugar de hacer la guerra permanentemente–en épocas de paz se empezaron a dedicar a un curioso deporte colectivo que sustituyese la propia guerra.
El deporte consistía en que las personas de un castillo buscaban doblegar a los del castillo feudal vecino, venciéndolos en juegos de fuerza y haciendo ingresar un objeto (una pelota o balón) por entre la puerta de la fortaleza ajena. Muchos siglos antes, en la antigua Grecia del siglo V AC, la metáfora consistió en ingresar más bien un caballo por las puertas de Troya. Como sea, esas son las raíces del football, el calcio y lo que hoy conocemos como balompié. Con el tiempo, se fue sofisticando, pero la esencia es la misma. Una forma de vencer al otro, pero transformando la guerra en juego. Marte fue sustituido, poco a poco, por Febo y por Baco. El dios de la guerra sustituido por los dioses del arte y el divertimento. A eso se llama civilización.
El ejercicio de la civilización consiste, justamente, en transformar la guerra en juego, sublimándola. Exactamente lo mismo que decía Clausewitz, pero al revés, cuando se refería a la guerra y a la política. El fútbol apasiona al 90% de la humanidad por esa simple razón: es el conflicto sublimado, transformado en juego y en creación. En tal sentido, el futbol se puede entender de dos maneras. La primera (bastante primitiva), que consiste en asumir el deporte como una forma de vencer al adversario a toda costa. La segunda (mucho más evolucionada y digna), y consiste en ganar el evento, pero disfrutar el proceso del juego y asumirlo como un ejercicio lúdico. En el segundo caso, es tan importante el trayecto como el destino. Importa tanto la alegría de jugar como el resultado. Lo anterior es una metáfora de la vida. Hay quienes viven la vida sólo como un destino y un objetivo, y no contemplan el paisaje del trayecto ni lo disfrutan. Esos viven miserablemente, aunque su destino sea ser millonarios. Hay otros que disfrutan el trayecto, día a día, segundo a segundo, sin importarles tanto el destino. Estos últimos son los más felices.
He pensado lo anterior (como futbolero empedernido que soy), después de ver jugar a este insoportable equipo de Brasil que dirige Dunga en el Mundial. Un equipo que traiciona no sólo la esencia del juego y la alegría del Brasil de otros tiempos, sino que asume el futbol como un ejercicio de mezquindad. Es un Brasil resultadista, que le importa únicamente el fin y no el trayecto. El fútbol como metáfora del utilitarismo. Parecen alemanes vestidos de brasileños, con perdón de los alemanes que (por cierto) son ahora mucho más lúdicos y más creativos. Este Brasil podrá ser campeón, pero la posteridad sólo recordará a Sócrates y a Falcao (a los perdedores que no ganaron un mundial), o a Zagallo y Pelé que sí lo ganaron. A todos aquellos que disfrutaron el trayecto e hicieron de ello una fiesta. Pero no a los que lo vivieron como una guerra.
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Por otro lado me parece que la globalización del fut, y el hecho de que gran cantidad de estos jugadores están ahora msmo en Europa, hace que, esa creatividad lúdica se pierda en la imperiosidad de ganar campeonatos.