El Celibato y las sotanas PDF Imprimir Correo electrónico
Escrito por Redacción   
Martes 06 de Abril de 2010 23:23
Jaime Ordóñez

A estas alturas de la historia, debería estar claro que el celibato es una institución absurda, contra-natura, que amenaza con convertirse en una bomba de tiempo contra la Iglesia Católica en su conjunto. El profesor Freud tenía razón, y debe estar desde su tumba mesándose las barbas con una cierta sonrisa en la boca. Lo que no lograron 2000 años de historia, de imperios, de ejércitos y de altísimos poderes económicos y de otra índole (destruir a la Iglesia Católica, la cual ha sobrevivido prácticamente a todo, impertérrita), lo podría destrozar el sexo, la más esencial de todas las fuerzas motoras del ser humano. Y la más constructiva (si se ve con buenos ojos, no exactamente los del Vaticano).

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Después de los numerosos escándalos sobre clérigos pederastas, abusadores y otras perversiones oficiadas en los últimos años en las iglesias de Irlanda, México, los Estados Unidos— escándalos que están salpicando al propio Papa Benedicto y su entorno— lo único que resulta evidente es que la institución del celibato es un sinsentido, un arcaísmo aberrante, una disposición que Roma deberían revisar con urgencia. Los curas católicos deberían poder casarse, tener hijos y nietos, como cualquier otro ser humano. Igual que un ingeniero, un médico o un carpintero. Simplemente, se trata de profesiones distintas. Detrás de la sotana, hay un hombre de carne y hueso.

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En el Concilio de Letrán I, en el año 1123, el Papa Calixto II decretó que los matrimonios clericales no eran válidos, lo cual fue refrendado en el año 1139 por el Papa Inocencio II en el Concilio de Letrán II. Las razones de fondo fueron absolutamente patrimoniales. Ante el creciente poder económico de una institución como el Vaticano que emergía de la Edad Media y que se empezaba a consolidar en el Renacimiento como el gran centro de poder en Europa, el celibato fue la solución que encontró Roma para que las mujeres (y sus derechos a los bienes gananciales) no atentaran contra las riquezas de la Iglesia. Muchos olvidan que los bienes gananciales para las mujeres ya existían en el viejo Imperio romano, en el desarrollo final del derecho de Justiniano.

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Esa es la razón y no otra. Lo del sexo como pecado fue una justificación que la Iglesia empezó a desarrollar al inicio del Medioevo, allá por el año 400, con San Agustín. Sin embargo, Pedro, el primer Papa, y los apóstoles escogidos por Jesús eran en su gran mayoría hombres casados. El Nuevo Testamento sugiere, inclusive, que las mujeres presidían la comida eucarística en la Iglesia primitiva. En el siglo VII, en Francia los documentos eclesiásticos demuestran que la mayoría de los sacerdotes estaban casados. Posteriormente, en el Siglo VIII, San Bonifacio informa al Papa que en Alemania casi ningún obispo o sacerdote es célibe. En el año 836, el Concilio de Aix-la-Chapelle admite abiertamente que en los conventos y monasterios se han realizado abortos e infanticidios para encubrir las actividades de clérigos que no practican el celibato.

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Lo más sensato sobre esta materia lo escribió San Ulrico, un erudito santo obispo allá por el siglo X, el cual argumentaba que— basándose en el sentido común— la única manera de purificar a la Iglesia de los peores excesos del celibato es permitir a los sacerdotes que se casen. Lástima que el Vaticano no le haya hecho caso en los últimos diez siglos. Ni ahora tampoco.


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