Jaime Ordóñez
Todo nació de una conversación casual, hace cosa de un mes, en San Salvador. De repente me encuentro en la Flor Blanca, en la casa de Alberto Arene, ex dirigente político y economista salvadoreño y buen amigo de muchos años.
La casualidad me hace encontrarme también con otro buen amigo, el periodista costarricense Laffite Fernández. Hablamos de nuestra Centroamérica, de los años ochenta y de los de ahora, de los tiempos idos y de los tiempos porvenir. De los duros años de la transición a la democracia. De esta América Latina, tan cambiante y sorprendente, mare-nostrum y terra-nostra, todo en una, como diría el gran Germán Arciniegas.
•• En la alta noche, la charla y el vino nos lleva a hablar de poesía y literatura. Se conmemoraba en esos días (a inicios del pasado mes de enero) medio siglo de la trágica muerte de Albert Camus, el grandísimo escritor francés muerto en forma prematura, con apenas 46 años, en un accidente automovilístico en la carretera nacional francesa No. 5, cerca de Le Petit-Villeblevin. La absurda y estúpida muerte de Camus, tan dolorosa, llenando de orfandad a muchas generaciones de hombres y mujeres de pensamiento libre e independiente.
•• De repente (y para eso existe la tecnología en estos tiempos) Alberto Arene baja de internet y nos muestra un espléndido artículo de Ricardo Bada, publicado en La Jornada de México, titulado justamente así: Camus y la muerte absurda. Bada hace un doloroso recuento de tantas muertes de escritores, artistas y científicos como resultado de accidentes automovilísticos o similares. La lista es enorme. Desde Pierre Curie a Isadora Duncan; incluyendo a José Gregorio Hernández, Antonio Gaudí, F.W. Murnau; Gerda Taró; James Dean; Assunta Adelaide Luigia; Jackson Pollock; Luis Martín Santos; Eduardo Cote Lamus, Julio Sosa; José Carlos Becerra; Rolf Dieter Brinkman; Gonzalo Arango e, inclusive, Roland Barthes.
•• Conforme leíamos el artículo, tanto Laffite como yo (sin decírnoslo) pensábamos en otro nombre, tan querido, tan importante, quizá lo más cercano que tuvimos en Costa Rica a un gran poeta. Y, en efecto, Ricardo Bada lo refiere al final de su texto: “El 4 de agosto de 1967, a sus veintinueve años, se apagó la más brillante estrella de la poesía de Costa Rica, Jorge Debravo, quien regresaba a casa con su motocicleta recién estrenada cuando lo arrolló y lo mató, en la cuesta de la Traube, un camión conducido por un borracho. La poesía de Debravo está llena de premoniciones de su muerte temprana”.
•• Está claro que las casualidades no tienen límites y el mundo es un brevísimo pañuelo. El gran poeta Jorge Debravo, unos diez años mayor que Laffite, fue uno de los compañeros de juego de su infancia, en el hermoso pueblo de Guayabo de Turrialba, justo en la falda del volcán que hoy hace erupción. Está claro que el universo en un sistema de conexiones e invisibles lazos: de la casa de Arene en La Flor Blanca de San Salvador a Albert Camus; de Gaudi a Roland Barthes. Y de allí hasta Jorge Debravo y un pequeño y hermoso pueblo al lado de un volcán que hoy echa bocanadas de humo al cielo.
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