Jaime Ordóñez
En estos días posteriores a la muerte del ex presidente Rodrigo Carazo, me he preguntado cuáles fueron los rasgos de su carácter y los hechos de su vida que han concitado un sentimiento tan extendido de pesar por su partida en gran parte de la población costarricense.
Un sentimiento al cual, curiosamente, se han sumado en las últimas horas incluso aquellos que lo denostaron por muchos años. ¿Cuáles fueron esas virtudes que hacen que, más de 30 años después de su polémica presidencia—la cual tuvo luces y sombras—, Rodrigo Carazo sea recordado con amplio cariño ciudadano, un sentimiento que la historia, siempre implacable, no concede a todos los ex gobernantes.
• • Ya muchos lo han dicho en los últimos días. En primer lugar, su coherencia y valentía. Carazo fue un hombre que vivió como pensó, lo que es mucho decir en estos tiempos. No vivía de cálculos y acomodos. Aciertos y errores habrá tenido, como cualquier ser humano y cualquier político. Sin embargo, en lo esencial fue un hombre transparente y un tenaz luchador. A veces hasta el límite. Desde la lucha contra el contrato de ALCOA en 1971, pasando por el enfrentamiento que tuvo en su presidencia contra el FMI y la política de reducción de gasto social de los organismos financieros de Bretton Woods a inicios de los 80, hasta su reciente participación en el referéndum del TLC con los EEUU, Carazo tomó decisiones y las sostuvo hasta el final, contra viento y marea. Quizá esa virtud, su empeño en sostener posiciones a ultranza, se trocó en su gran enemiga en algún momento de su gestión presidencial y le impidió ver el momento justo para realizar una devaluación monetaria en la crisis de 1980-1981. Esa decisión tardía fue la que más drásticamente empañó su presidencia, por el efecto cadena que conllevó.
• • La segunda virtud fue su vocación social y humana. Carazo perteneció a una raza de políticos latinoamericanos que, efectivamente, creía en los derechos humanos y en la política como una técnica social para ayudar a los más desfavorecidos, y no como un instrumento de enriquecimiento o vanidad personal. Su sello está en obras decisivas para los derechos humanos del hemisferio como la Corte Interamericana de Derechos Humanos, la Universidad para la Paz, el IIDH. Sin Carazo, la revolución nicaragüense que derrocó a Anastasio Somoza quizá no se hubiera dado en julio de 1979, sino algunos años después. Asombrosamente, obra pública como la carretera de circunvalación de San José o las ferias del agricultor vienen de su época, con pocos cambios o reformas desde entonces.
• • Sin embargo, lo he pensado bien. El atributo de Rodrigo Carazo que más me interesa y más le admiré siempre fue su modestia. Tenía la modestia y la serenidad de los hombres seguros, quienes no necesitan demostrar nada. A la prueba me remitiré. Toda su obra pública (bastante, por cierto, hecha a puro MOPT y no por medio de espurias concesiones privadas, como alguien agudamente ha escrito en estos días) tiene un simple sello: Construido por el pueblo, 1978-1982. No necesitaba poner su nombre en esas placas. No le hacía falta a su ego. No le era imperioso tratar de fijar su nombre en la posteridad. Y quizá, justamente por eso, el pueblo hoy le recuerda con cariño.
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