Edgar Espinoza
Algunos afortunados han vivido su momento célebre con las mujeres: desde el cantante de rock con su estruendo de pelos, hasta el piloto de Fórmula 1 con sus rugidos de dragón en celo, pasando, desde luego, y más recientemente, por el “personal trainer” con sus prodigios intramusculosos.
Sin embargo, el que ahora ocupa ese instante de gloria con las féminas es, sin duda, su majestad el cirujano plástico quien, en su condición inobjetable de mago de la belleza femenina y más allá, amenaza como ningún otro con instalarse su buen rato en el trono antes de que el siguiente relevo, no sabemos si una suerte de cura metrosexual tipo padre Alberto, lo desbanque de cuajo.
El síntoma de esta apoteosis plástica fue notorio y notable desde que, no sin cierto revuelo nacional, algunos de ellos fueron vistos en compañía de frondosas modelos para quienes ser sus novias, amantes o amigas con derechos es estar cerca de la fuente de la juventud, hoy quitándose por aquí y mañana aumentándose por allá. Al fin y al cabo se trata de una relación simbiótica en la que tanto exhibe él su cosecha y gana, como ella la suya y se vuelve rica.
A la larga el éxito del cirujano plástico se deba a su cercanía profesional con la Divina Providencia que, como su mejor aliada en estos trances y quehaceres de la belleza, y dada su inconmensurable velocidad de producción, fabrica tanta muñeca a veces con poca pechuga, a veces con demasiado “derrière”, mientras aquél, desde su clínica de control de calidad, las endereza, moldea y prueba hasta volverlas diosas, y ellas a éste, ídolo.
Aunque, por supuesto, toda esta maravilla al precio de un tremendo escándalo, pues, cuando una mujer se pone implantes es porque ya la cosa tupe con su marido quien lo más probable es que se los haya pagado ya a otra chavala al tiempo que los de su esposa han sido costeados por el esposo de otra y así sucesivamente hasta perdernos en los imponderables del “mejor ni averiguar”.
Ante esa irremediable realidad debo reconocer hoy aquí con profundo pesar que, desde ese punto de vista, profesionalmente me equivoqué pues, creyendo que el oficio de columnista me depararía igual suerte con el firmamento femenino, de unos calzones anónimos que una vez me mandaron por “Special Delivery” o entrega inmediata, nunca pasé.
Con enorme ilusión los guardé entrañablemente como un amuleto creyendo que sería el gran portillo abierto a través del cual sobrevendría el aluvión de admiradoras, pero como transcurriera el tiempo y el asunto no funcionara, los relegué a la categoría de “objeto peligroso de origen íntimo desconocido”.
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