Edgar Espinoza
Me he vuelto a cambiar de casa. ¡Qué horror! Ya parezco gitano: un día aquí y otro quién sabe. En los últimos seis años han venido a mis moradas de turno más camiones de mudanza que cobradores en moto y evangélicos a convertirme. Nunca, desde que nací en la Maternidad Carit, he dejado de rodar barrios, alamedas y vecindarios. ¿Será que no encuentro mi tierra prometida?
Esta vez no me fui al oeste. Ni a palos. Está demasiado revuelto, sobre todo de La Sabana para abajo, allí entre el Peaje de Karla y la Caldera de Oscar (platinas aparte), con sus presas infrahumanas en “calle vieja” a Santa Ana, sus megapistas de una vía y su gente con el hígado en la mano impotente para asimilar el relajo. Tampoco me fui al norte ni al sur, sino todavía más al este, al este profundo, allá por donde cada día cuaja el sol. ¡Qué romántico! Con todo y lo devastador que es, pasarse ahora es muy diferente a hace 60 años. Nada de camionzotes plataforma ni “perras” hidráulicas; se cargaba a puro músculo de carretón y caballo. Eran los tiempos en que se vivía perfectamente con “cuatro” chunchitos: el anafre (más el cartón para soplarlo), el catre, la ropita, La Última Cena y las gallinas con sus pollitos. Hoy, en cambio, se necesita un furgón entero solo para electrodomésticos, desde el “refri” inteligente hasta el exprimidor de limón satelital.
El resto eran cosas menudas pero no menos importantes, como el banquito de sentarse, la mesa del comedor, alguna foto de la boda de los abuelos y, de adorno, la infaltable Nigüenta, algo así como el “Jiménez Deredia” de la clase media baja de entonces. En casa éramos tan “arrancados” que nos llevábamos hasta el alambre de tender ropa, prensas incluidas. ¡Ah, y la bacenilla, indispensable para evitarnos el viaje hasta el excusado de hueco en el patio durante las noches de frío, lluvia y cucarachas! Aquello era una belleza. Cada vez que me mudaba de casa, cargaba conmigo un espejo roto satanizado por los supersticiosos de mi familia que me advertían de la mala sombra que me podría traer. En cambio, nadie decía nada de la muñeca sin ojos, calva y decrépita, todavía más siniestra que mi calumniado espejito, que también viajaba con nosotros como parte del mobiliario esotérico. Pero todo eso se acabó hace tiempo. Hemos evolucionado ahora del anafre, al router; de la bacenilla, a la pantalla plana; del catre, a la cama inalámbrica, y de la vida entre gallinas, a la virtual.
La sociedad de consumo ha hecho de las casas modernas lugares no para vivir sino para almacenar. Las ha convertido en depósitos o bodegas con nosotros dentro emboscados por las cosas y sin espacio para liberarnos. Por eso los closet con 80 o más pares de zapatos, 200 blusas y 50 mil calzones. Por eso también las cocheras a reventar de fierros, herramientas y cachivaches. Y por eso las gavetas, repisas y estantes abatidos por el peso de tanta baratija china y recontrachina.
En mi caso, como parte que soy de una familia de luenga tradición culinaria, el 92.7% del mobiliario son enseres de cocina con predominio de moldes, batidoras, bolillos, cucharones, hornos y demás latones para hacer postres. (La proporción debe ser de 35 chécheres para hacer queques por cada calzoncillo mío). En fin, todo este cuento para explicar aquí que le he pedido al honorable consejo editorial de Página Abierta que me conceda una breve pausa para terminar de pasarme y, luego, para descansar de pasarme. Y me la ha concedido a regañadientes. Solo espero que el lector, generoso como siempre, sea menos esquivo y entienda que mi amenaza de reanudar pronto y de manera regular esta columna, es eso: una amenaza.
(Nota: Las columnas de Edgar Espinoza pueden ser leídas también en el portal www.columnistaedgarespinoza.com y comentadas en la dirección
Esta dirección electrónica esta protegida contra spambots. Es necesario activar Javascript para visualizarla
).
|
Es un gusto poder leer su columna Don Edgar... como me hizo recordar aquellos tiempos tan valuables. En fin sabemos que no quejamos de la tecnologia y tampoco de los bienes materiales porque ellos nos hacen la vida mas facil o muchas veces la vida mas dificil y digo dificil porque antes agarraba papel y lapicero para escribir algo para su columna y entre rallones y tachonazos me tardaba quiza cinco minutos y ahora con esto de las computadoras aunque digan que vinieron a ayudarnos con la comunicacion mis dedos torpemente tocan la techa equivocada y pun...se me borra todo en un segundo y ahi va de nuevo a ver si no hago lo mismo, de un email a otro de una pagina a otra pun perdi lo que estaba escribiendo.
Que le parce?