| Pulpo, fútbol y sociedad |
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| Escrito por Redacción |
| Martes 03 de Agosto de 2010 14:19 |
Ludwing Guendel(*)
Paul cautivó el mundo, quien, hipócritamente, lo miraba como un chiste pero en el fondo le temía y lo vanagloriaba, dependiendo del lado del pronóstico en que se ubicara la persona. Cuando uso la palabra cautivó no lo digo en sentido figurado: el mundo se consumió en el torneo y lo vivió más intensamente y desatando emociones colectivas, que difícilmente podemos presenciar en cualquier otra actividad social. Implicó tiempo y recursos y una lógica que condujo a la logística de las cajas, las banderas, los ostiones y la prensa. Quienes organizaron “el show” tuvieron la inteligencia de explotar esa sensibilidad humana y de mostrarnos hasta dónde puede llegar la lógica de la sociedad mediática y lo que es capaz de construir un mundo global. Desconozco si lo hicieron porque realmente creían en los poderes sobrenaturales del pulpo Paul, aunque la verdad eso no importa, lo fundamental es que nos desnudaron y mostraron esas contradicciones culturales de la sociedad moderna, que vive entre la búsqueda del control absoluto, la afirmación de la identidad y la negación de la subjetividad, entre el fomento de la explosión de sentimientos, que pueden transformarse, lamentablemente, en los actos más oscuros y terribles de la humanidad y la conciencia de encauzar la conducta humana hacia la búsqueda de la armonía y el reencuentro con la naturaleza. Más o menos lo que es el fútbol: la creación, la violencia de la patada, la regla, a veces amañada, el júbilo colectivo e identitario y, lamentablemente en no pocas ocasiones, la violencia de la fanaticada que puede llegar a extremos insospechados de violación de los derechos humanos. El pulpo Paul es un poco eso: la racionalidad parafernalia de la comunicación superficial, la irracionalidad de creer que el futuro se puede colonizar, esta vez engullendo simplemente un ostión alemán, holandés, francés, uruguayo o argentino, la dulzura e ingenuidad de un pulpo que simplemente quiere comer ostiones para satisfacer sus más íntimas necesidades alimentarias y que nos recuerda la simpleza, la armonía y, al mismo tiempo, la complejidad de la naturaleza. Estoy seguro que el pronóstico de Paul fue un fardo para los futbolistas, que obligaron a trabajar extra a los psicólogos deportivos que acompañaron a las grandes y famosas selecciones europeas y suramericanas. Un fardo que fue creciendo a lo largo del torneo, como creció esa convicción subjetiva y animal de que era posible adelantarse a las circunstancias y de que se podía triunfar en el evento. Los pobres jugadores alemanes y holandeses llegaron al campo derrotados y pensando los vaticinios de Paul el pulpo, mientras los españoles ya tenían casi la certeza del triunfo. Hasta el famoso escritor charrúa Eduardo Galeano dijo que el pulpo era un corrupto. Mezcla de racionalidades. Seguramente otro alemán llamado Paul, el filósofo Paul Feyerabend, se carcajeaba en su tumba viendo a sus conciudadanos horrorizados con los pronósticos de su coterráneo el adivino pulpo. De seguro, Feyerabend hubiese incorporado en sus Diálogos del Método un intercambio hermenéutico con el pulpo Paul, y le hubiese solicitado que le explicara cómo logró explicitar esa otra racionalidad del ser humano: la racionalidad instintiva que nos acerca a la naturaleza y que nos muestra que ineludiblemente nuestra sociedad es una mezcla de racionalidades, que no se limitan exclusivamente a la razón instrumental que conocemos, y que ha colonizado casi por completo al mundo, incluyendo ese deporte que nos atrae tanto y desata tantas pasiones como futbol. Lo interesante de todo esto es que el pulpo Paul apareció en un mundial jugado en Sudáfrica, una sociedad que sufrió los embates de una modernidad que se creía unívoca y absoluta, y rica en tradiciones y experiencias culturales, de las que seguro Mandela logró alimentar esa convicción que puso el entendimiento sobre cualquier otra cosa para superar el drama del “apartheid”. Paradójicamente, y con el mayor de los desparpajos, al inicio del mundial un periodista de una reconocida agencia internacional de noticias calificó con cierto desdén y como señal de atraso los pronósticos de las pitonisas sudafricanas, aunque días después vanagloriaba al pulpo Paul. Un ejemplo de las incoherencias de nuestra sociedad contemporánea que califica los hechos a la medida. La diferencia entre la pitonisa, una señora pobre surafricana, y el pulpo Paul, un molusco que vive con todas las necesidades resueltas, lo que desearían tener la mayoría de los africanos, es que ella vive en una sociedad donde el mito es parte importante de su cultura, mientras que el pulpo reside en un flamante acuario de Europa, cuna de la modernidad. !En qué mundo vivimos¡ ¿no les parece? Agregue su comentario
Comentarios (1)
El pulpo
1
Martes 03 de Agosto de 2010 16:21
Bióloga
Muy bonitas las dos partes. Pero el pulpo es un cefalópodo, NO un molusco
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Parte II. En esta historia se pueden destacar algunos hechos interesantes. El pulpo Paul no vive precisamente en África, Asia o América, donde todavía persiste una sociedad híbrida capaz de mezclar las concepciones
basadas en el mito social y la modernidad, sino que vive en un estanque alemán. El país que fue cuna de Hegel, Kant, Marx, Heidegger, y Weber quienes aclamaron la razón.






